LA ERA DE LOS VARIETALES

Argentina es uno de los países con mayor posibilidad de desarrollo del cultivo de la vid en casi toda su extensión. Para el autor, el Malbec no deberIa ser nuestra Unica bandera en el mundo vitivinícola.

 
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A mediados de siglo XX, en plena etapa imperialista, los EEUU comienzan a desarrollar cuanta industria pueden; entre ellas la vitivinícola. Allí se encontraron con el desafío de competir contra Francia, Italia y España, cuyos vinos aún tienen una particularidad, la inmensa mayoría de ellos son “genéricos” o “de corte”, nominados según la región de elaboración, el estilo enológico, o la propia impronta de cada terruño. En ese escenario, EEUU para introducirse en el mercado mundial de vinos, hecha mano de una estrategia que ya le había resultado exitosa años antes en la industria cinematográfica; la “clasificación”. Se clasifica para vender, para archivar, etc... Francia crea la cinematografía pero EEUU, mediante la invención de los géneros, desarrolla la “industria cinematográfica”, convirtiéndose en el mayor productor de filmes del mundo.

De igual forma, los productores vitivinícolas norteamericanos apuestan a quitarle a Francia al menos el diez por ciento del mercado, ofreciendo una propuesta que hasta el momento no había sido del todo clara para los consumidores; me refiero a la aparición de los “varietales”, como se denomina a aquellos vinos compuestos, en principio, por una sola cepa.

El éxito en la política comercial norteamericana, marcó el rumbo para muchos países elaboradores de vino. Cada uno de los llamados productores del “nuevo mundo”, se subió al tren de la especificidad propuesta por EEUU y comenzó a elaborar vinos con una cepa específica que se convirtió en el caballo de batalla y en la punta de flecha de cada país productor para introducir sus productos en el mercado mundial de vinos. Claros ejemplos de estos son: Sudáfrica con el “Pinotage”, Australia con el “Shiraz”, el propio EEUU con el “Zinfandel”, uva de origen croata olvidada en el mundo y renacida en América; Uruguay con el “Tannat”, Chile con el “Carmenere” y, por supuesto, Argentina con el “Malbec”.

Desde hace varios años sostengo que la principal virtud de nuestros terruños consiste en la versatilidad. Es decir, en términos agrícolas, Argentina presenta, en gran parte de su extensión, lo que llamamos “heliofanía”; una alta exposición solar que facilita la maduración de las uvas. Salvo esta última cosecha, a la cual nos referimos en el artículo anterior, normalmente llueve un promedio entre 200 y 300 mm anuales en zonas de producción. Lo que significa menos de dos semanas de ocasionales lluvias en el año, presentando una gran cantidad de días soleados y cielo diáfano.

Otra condición envidiable es la diversidad de altura y composición del suelo entre las zonas vitivinícolas, por ejemplo, tenemos los viñedos más altos del mundo en la región noroeste: Yacochuya, Colomé, etc... Y algunos de los más bajos: Chapadmalal, Médanos, Valle del Río Grande, etc...Estos factores y algunos más hacen que Argentina sea uno de los países productores con mayor posibilidad de desarrollo del cultivo de la vid en casi toda su extensión.

Estas características suponen el cultivo, al menos digno, de cualquiera de las miles de variedades vitiviníferas que se encuentran en el mundo. Esto no es poca cosa, dificilmente haya algún país con dicho potencial. Por eso es que siempre entendí que abocarse a la producción de una sola variedad constituía un error; tal vez el Malbec no debería ser nuestra bandera en el mundo vitivinícola, sino más bien promocionarnos como el país que puede lograr excelentes y constantes calidades de Merlot, Cabernet, Chardonnay, Tempranillo, Bonarda... Por citar algunas variedades.

Hoy muchos vitivinicultores, por diversos motivos, coinciden con esta apreciación; por lo que no es de sorprender que a mediano plazo se equipare la cantidad de hectáreas plantadas de Malbec con algunas otras cepas, como la Cabernet Franc, que lentamente comienza a erigirse como la elegida para secundarla.

Autor: Diego Córdoba

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